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LA TAUROMAQUIA EN EL PERU

INICIOS DE LA TAUROMAQUIA EN EL PERU.
2008-06-24 16:38:15
por: Dr. Héctor López Martínez


Los conquistadores españoles, una vez asentados en las nacientes ciudades, villas y poblados del Nuevo Mundo, procuraron reproducir, con la mayor fidelidad posible, usos y costumbres propios de su lejana y añorada patria. Se produce entonces en América la introducción  y rápida difusión de los festejos taurinos, lo que constituye un suceso histórico paralelo a otras facetas de la expansión española, tales como la evangelización que realizan los misioneros y el rápido y definitivo arraigo del idioma unificador: la lengua de Castilla. Se puede afirmar, sin ninguna duda, que la lidia de toros, junto con las carreras de caballos, los juegos de cañas y los naipes, constituyeron las diversiones por antonomasia durante el período hispánico.

La taurina afición tuvo mayor fortuna en determinadas áreas geográficas, principalmente los dilatados territorios que constituyeron los virreinatos de la Nueva España (México) y la Nueva Castilla (Perú), mientras que en otras zonas desaparece con el tiempo o sólo deja huella poco perdurable.


Estampa antigua del capeo a un toro enjalmado

En el Perú y en México, con el correr de los años, la lidia de reses bravas adquiere ciertos matices singulares teñidos no pocas veces con elementos autóctonos –algo semejante ocurre con el idioma pues desde muy temprana hora aparecen los americanismos- y entre nosotros se popularizará en Lima el capeo a caballo, la llamada suerte nacional, mientras en la región andina surgen otras formas taurinas donde se aprecia un sincretismo entre ancestrales ritos incaicos y los elementos –en este caso el astado- que aportó la colonización hispana.


Caballero alanceando

En el trasplante de la Fiesta Brava de España a América el papel más importante lo desempeñan, obviamente, los caballeros aficionados a rejonear, alancear y a correr toros. Junto a ello debemos mencionar tres elementos decisivos: los caballos, los bureles y las plazas mayores, que se convierten desde un primer momento en los cosos por antonomasia. El caballo, llega primero, con él se hace la Conquista. Su importancia fue tanta que el Inca Garcilaso de la Vega no duda en decir que “su tierra se ganó a la gineta” (montando a la usanza mora).


Toros en el campo
Las primeras vacas se trajeron a las Indias Occidentales en el segundo viaje de Colón, a la isla Española, donde se multiplicaron rápidamente. De allí pasaron al resto de América. A Lima llegaron –acudimos al testimonio del padre Bernabé Cobo- tres o cuatro años después de su fundación, que tuvo lugar, como se sabe, el 18 de enero de 1535. “Porque el año de 1539, a 20 de junio, presentó una petición ante el Cabildo y teniente de esta ciudad, Fernán Gutiérrez, regidor, pidiendo en ella que, atento a que había traído vacas para que se perpetuasen en la tierra, le diesen un sitio para una estancia en la Sierra de la Arena (dista seis leguas de Lima), el cual le concedió el teniente de gobernador Francisco de Chávez. Y el mismo año pidieron otras personas asientos para vacas en los términos de esta ciudad…”

Luego, con evidente nostalgia, memoraba sus años infantiles anotando en sus Comentarios Reales: “Los primeros bueyes que vi arar fue en el valle del Cuzco, año de mil y quinientos cincuenta, uno más o menos, y eran de un caballero llamado Juan Rodríguez de Villalobos, natural de Cáceres; no eran más de tres yuntas; llamaban a uno de los bueyes “Chaparro” y a otro “Naranjo” y a otro “Castillo…”

            Falta mencionar que el corazón, el centro de todas las ciudades hispanoamericanas, en este caso concreto de la Ciudad de los Reyes o Lima, era la Plaza Mayor, llamada también Plaza de Armas.

Litografía de Guaman Poma de Ayala
Cercada por la mansión del Gobernador Francisco Pizarro –que con el correr del tiempo sería morada de los virreyes y presidentes de la República- por la Catedral y el Cabildo, servía en las mañanas de mercado y en horas posteriores de lugar de reunión  y de paseo donde se comentaban las noticas, si las había, o se inventaban a falta de ellas. En la Plaza Mayor se celebraban las fiestas religiosas y profanas. Lo religioso y lo seglar se mezclaban siempre en tales actos –señala el historiador Guillermo Céspedes del Castillo- ya que, por ejemplo, las procesiones eran la vez cortejos cívicos, las fiestas patronales solían celebrarse con cabalgatas en que los miembros del cabildo paseaban el pendón o estandarte real con todo el posible lujo de caballos, armas y ricos trajes.

Plaza mayor de lima en la época del virreynato

En la Plaza Mayor también se justaba, se jugaba cañas y sortija, en fiestas plenas de sentido medieval caballeresco y renacentista cortesano. Y, por supuesto, en ella se alanceaba y corría toros.

            La Plaza Mayor de Lima –como las de otras ciudades del Perú y de América hispana- no fue nunca, en sentido estricto, una plaza de toros, es decir, un lugar construido con el propósito único de servir como escenario a las suertes de la lidia sino el sitio donde tenían lugar casi todos los sucesos públicos importantes –como ya se dijo- donde se vivía intensamente las alegrías y congojas de la vida cotidiana de nuestra capital.

De acuerdo a la tradición –ya que al respecto no existen testimonios históricos definitivos- la primera corrida de toros en Lima habría tenido lugar el año 1538, celebrando la derrota de las huestes almagristas, a manos de las pizarristas, en la batalla de las Salinas, librada en las proximidades del Cuzco.


Por su parte, el meritorio publicista Eleazar Boloña, sin mencionar sus fuentes, señala que el inaugural festejo taurino limeño tuvo lugar el lunes 29 de marzo de 1540, segundo día de Pascua de Resurrección. Celebrábase solamente la consagración de los óleos de la iglesia parroquial –que más adelante sería la Catedral- por el Obispo fray Vicente de Valverde. “La plaza la rodeaban entonces unas cuantas casas a medio edificar, cuyos jardines ocupaban gran extensión, como que cada manzana pertenecía a lo más a cuatro propietarios. El Cabildo funcionaba en las casas de García Salcedo (en donde es hoy el Palacio Arzobispal) y la iglesia nueva abrazaba sólo un solar, al lado de la calle de Judíos. Para lucimiento de la tarde – añade Boloña- el Gobernador Pizarro lanceó el segundo toro; pues no se acostumbraba el hacer morir a la fiera con espada”.

            Lo que acabamos de leer nos da la pauta, muy claramente, de cómo se entendía la tauromaquia durante los siglos XVI y XVII y hasta entrado el XVIII. Era el enfrentamiento de un jinete, generalmente hidalgo o noble, con un astado. “No quiere esto decir que no tomaban parte también, en las lidias de aquellos años –ha escrito el historiador mexicano Benjamín Flores Hernández- hombre de a pie que quisieran acercarse a las reses desde su misma altura. Pero quien resultaba entonces la figura central de la fiesta, era, indudablemente el caballero de alcurnia, que por mero deporte, por ejercitarse en las prácticas ecuestres y por mostrarse valiente y diestro en las diferentes formas d dar muerte, cabalgando, a una bestia, salía lujosamente ataviado a la plaza mayor de la población en las diversas ocasiones de júbilo organizadas por las autoridades locales”.
Los toreros de a pie, cuya importancia era indiscutible y la cual fue creciendo constantemente no pasaban, de todos modos, de ser meros colaboradores, peones del jinete. En teoría, la única justificación de la presencia de los aristócratas en la arena era que, mediante estos ensayos de equitación, estaban ejercitándose para la guerra, la cual era la sola ocupación adecuada a su preclara posición.
Estampa de Pancho Fierro - Torero de a pie Mulato e indio en estampa antigua de Pancho Fierro

Indio o criollo capeador
            Podemos mencionar que no sólo españoles y criollos eran aficionados a lidiar toros. Cuenta el padre Cobo que estando en el Cuzco el año 1610 “en unas fiestas públicas que la ciudad hizo, salió un indio a la plaza en un caballo ricamente aderezado a dar una lanzada a un toro, la cual dio con maravilloso brío  y destreza, con no poca admiración de todo el pueblo, por ser cosa muy nueva para un indio”. Claro ésta debió ser una excepción y sin duda se trató de un indio de noble linaje, pero vale la pena mencionar el hecho. No cabe duda que los indios debieron aficionarse muy pronto al espectáculo. La mejor prueba de ello es el acuerdo dictado en el Segundo Concilio limense, el año 1567, en cuya virtud se prohibieron las corridas de toros entre los naturales, porque era uno de los pretextos más socorridos para dejar de concurrir a misa en los días de precepto.

Historiador Guillermo Lohmann

Ya desde el año 1555 el Ayuntamiento de la Ciudad de los Reyes tenía designados cuatro días al año para fiestas en la Plaza Mayor donde se agarrochaban o rejoneaban toros. Estas fechas eran las correspondientes a la Epifanía, San Juan, Santiago y la Asunción. Es decir: el 6 de enero, 24 de junio, 25 de julio y 15 de agosto. Vemos pues, como os grandes acontecimientos de carácter religioso –que eran los permanentes- y otros de índole político- circunstanciales o cortesanos, tuvieron siempre el fondo gallardo de una fiesta de toros. Aún en nuestros días, fundamentalmente en provincias, se mantiene tal tradición. Muchos pueblos tienen como número base de sus peculiares ferias y fiestas patronales la organización de uno o varios festejos taurinos.

Con el correr de los años –ha escrito el historiador Guillermo Lohmann Villena- se aumentó en Lima el número de corridas. Las hubo también, desde 1556, el día de San Andrés; desde 1570 el de San Francisco y, a partir de 1579, el de San Marcelo. Estas fechas eran el 30 de noviembre, 4 de octubre y 16 de enero.

Marques de Cañete
Mas como la afición era tan grande, “se apelaba a cualquier pretexto para ofrecer corridas extraordinarias, ora con ocasión del nacimiento o jura de monarcas, matrimonios regios, ora con motivo de la entrada solemne de autoridades eclesiásticas o civiles, como se realizó en 1556 cuando ocupó el poder el Marqués de Cañete, en que se brindó una función a base de seis astados, que costaron cien pesos, para cuya lidia se previnieron diez docenas de varas con sus hierros, ora finalmente, para realzar apropiadamente la llegada del agua a la fuente de la Plaza Mayor, en diciembre de 1578”.

Capeador a caballo en la plaza antigua de Acho
Ya en el siglo XVIII el toreo a pie, efectuado por hombres de humilde condición social, fue configurando nuestro actual espectáculo taurino. En el Perú construye en 1766 la plaza firme de Acho, una de las más antiguas del mundo y la suerte nacional, el capeo a caballo, se hace cada vez más popular, alcanzando su máximo esplendor a mediados del siglo XIX.
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